domingo, 22 de noviembre de 2009

miércoles, 28 de octubre de 2009

Intemperie y Caribe

"Buscas la sustancia de la ciudad en los objetos. Crees adivinar en ellos la huella inequívoca de los hombres. Pero las huellas de esa categoría no existen. Si logras una ciudad inequívoca, creerás que es esa, porque lo inequívoco siempre es convincente. Pero habrás perdido el camino. La ambigüedad es, como el espacio, el medio donde habitan las cosas. Más te valdrá encontrar las piezas con qué armar todas las ciudades que son, las que podrían ser. No acampar en esa ciudad cuadrapléjica que desde el momento que la fundes existirá... apenas entre linderos de cartón, esos confines de tu libro. Pero a lo mejor no es eso lo que buscas. El mimetismo es raras veces fecundo. Trata mejor de hallar la ciudad que hay dentro de ti. No. Puede que no sea esa. Dentro de todo hombre discurre una ciudad con casas y caminos, puentes uy símbolos, hasta con historia y onomásticos. Yo emplearía un silencio corto, dos chasquidos y el roce de una hierba seca contra la corteza de una ceiba. Sí. Es casi seguro que no se parezca a la otra; que hasta juegue a los antípodas; pero si la vigilas cuando vaya a abrevar en tu imaginación, si le tiendes, con mucha astucia, un cerco, a lo mejor la atrapas. Si lo consigues, no te dejes ablandar por sus ruegos. Esas ciudades interiores que crecieron en cautiverio, puestas en libertad son sumamente peligrosas. Pero si la amansas, si logras aprehender su naturaleza recóndita; empezará a parecerse a la otra, y más aún, a las ciudades de cuantos se internen en esa, la que hayas desvelado. Pero recuerda siempre que está viva. Deberás tomar todas las precauciones de un domador, sin desechar la ternura de una anciana viuda por sus canarios. Antes de reducirla te esperan muchísimos amaneceres y plenilunios pasando la mano sobre su lomo de edificios, acariciando sus orejas de antenas o palmeando su hocico de fábricas. Jamás te confíes. Suele morder sin previo aviso"
Luis Manuel García, "Habanecer", Mano Azul Editora.






















(Gracias al usuario http://www.youtube.com/user/themaltesefalcon4u)

En esa bruma está la clave, en ese ambiente húmedo y opresivo. Pero no es con la música, o también, sino con palabras apenas gastadas y dichas a través de un teléfono, casi sin espacio (a lo sumo con el folio o con la relación de esas propias palabras como única referencia espacial) pero como si además de todo tuviera que estar atento a la venenosa mordida de esas palabras domesticadas.
No es fácil, pero sí apasionante.

sábado, 24 de octubre de 2009

El hombre que decía haber salvado a Rebeca Pulgar Le Rumeur

Saint Simons es una pequeña ciudad del estado de Georgia, que yo recuerdo muy cerca de Jacksonville, que es la primera ciudad grande del estado de Florida si venimos desde el norte por la autopista 95.
Aparece por primera vez en la primera (o segunda) parte de
Últimas 2 horas y 58 minutos.

Pero me pareció un lugar demasiado jugoso y fronterizo para dejarlo escapar.
El primer relato donde aparece, ya como territorio, es en
El hombre que decía haber salvado a Rebeca Pulgar Le Rumeur, que es este relato:

EL HOMBRE QUE DECÍA HABER SALVADO A REBECA PULGAR LE RUMEUR

Saint Simons, 17 de septiembre, 18:37

“Los labios de Rebeca Pulgar Le Rumeur son fríos, acartonados y azules, sobretodo si el mar ha arrojado su cuerpo a la playa, y ella está inconsciente. No hay mucha diferencia entre un beso y un boca a boca, sólo que en el segundo caso su cuerpo está de este lado, pero lo más intangible de ella está adentrándose en los confines de aquello, y que ella vuelva o se quede enredada en esos confines, depende de que mi aire llegue a sus pulmones en ese desesperado beso. Si uno está enamorado de Rebeca Pulgar Le Rumeur, tal vez la única oportunidad que tiene de besarla es que la inercia del mar traiga su cuerpo desmayado hasta la arena de una playa en cuyo horizonte se ven las siluetas de los barcos petroleros más allá de la neblina. Una oportunidad entre un millón, supongo, pero fue la única que yo tuve”.
Éstas fueron las primeras (y únicas) ciento cincuenta y una palabras que me dijo el hombre que decía haber salvado a Rebeca Pulgar Le Rumeur. Son exactamente las mismas palabras con las que empieza la primera página del diario que dejó abandonado en un banco de la estación de trenes de Sandspur Road. Después se quedó en silencio, mirándome. Yo contemplaba las siluetas de los barcos petroleros que hacían pesados equilibrios en la línea del horizonte. Varios minutos después comenzó a caminar hacia el Bed & Breakfast que había al final de la playa. Antes de que el mar devolviera su cuerpo a la playa, Rebeca Pulgar Le Rumeur había sido vista por última vez asomada a la ventana del primer piso de ese Bed & Breakfast. Era época de lluvias, y ella era la única huésped. El hombre que decía haberla salvado caminaba lentamente, e iba dejando sus huellas en la arena, ya marcada con los restos del último aguacero de la tarde. Yo me quedé junto a un quiosco bajo cuyo techo de paja había varias tumbonas blancas apiladas, amarradas con cadenas y candado a uno de los barrotes que sostenía el techo. Sobre el plástico blanco de las tumbonas también había gotitas.
Luego quedó el silencio, o el sonido del mar, o el grito de alguna gaviota planeando por el aire húmedo de la desolada playa vacía de Saint Simons.


Saint Simons, 16 de septiembre, 5:47

Yo había recalado en Saint Simons por casualidad. Había venido conduciendo durante toda la noche por la autopista 95 desde Nueva York. Algún día te contaré por qué: quiero decir por qué conducía a lo largo de la noche, por qué temblaba, por qué lloraba, por qué llevaba un revólver en el bolsillo de mi chaqueta...
Me alojé en un pequeño motel de Magnolia Avenue, muy cerca de la playa. También era el único huesped. El viejo de la recepción era un hombre curtido por el sol que alguna vez había tenido el cabello rubio, vestía camisa de cuadros y sombrero gastado de piel de conejo. Escribió mi nombre en el cuadradito de la primera línea de la segunda página del libro de registros de huéspedes del motel del mes de septiembre. Antes de devolverme el documento, me comentó que el pub del motel estaba cerrado y que si quería comer probara en alguno de los restaurantes de Ocean Boulevard, la calle principal. Le di las gracias, subí a la habitación, dejé mi maleta, dormí un poco y bajé a pasear por la playa cuando se hubo hecho de día.

Había llovido, y el cielo estaba gris. La playa estaba desierta. Lo primero que divisé desde el pequeño paseo marítimo fueron las banderitas triangulares de los dos quioscos cerrados, agitadas por ráfagas de viento frío. Cuando me acerqué vi las tumbonas blancas, mojadas por la lluvia, apiladas bajo el techo de paja de uno de éstos. Supongo que pertenecían al Bed & Breakfast del final de la playa, que también estaba vacío, aunque en una de las ventanas que daba al mar me pareció distinguir el rostro de alguien.
Fui a cenar a un pequeño restaurante italiano llamado Moondoggy’s Pizza, en Mallery Street, cerca del motel. El restaurante estaba vacío. Pedí una pizza con bacon y una cerveza. El camarero era canoso, lento y tenía ojos somnolientos. Estaba haciendo un solitario con una baraja de naipes muy gastada. Después de pedir, me quedé observando una fotografía de la bahía de Nápoles que había sobre algunas botellas de licor. Sin levantar la vista de los naipes, me dijo que me sentara y que él me acercaría la pizza.
Cuando hube terminado de comer pedí otra cerveza, que me bebí casi de un sorbo en la barra, pagué y salí. Había empezado a lloviznar de nuevo pero de camino al motel entré en Murphy’s Tavern, una taberna que había en la esquina de Magnolia Street y que me pareció acogedora desde fuera.
Detrás de la barra había una chica joven, rubia, con mucho rímel en sus ojos y los labios pintados de rojo. Estaba hablando con una mujer mayor, frente a ella, entre ambas se interponía la barra. Yo veía la espalda de la mujer, que sostenía un espejito en el que se estaba mirando mientras se maquillaba. Ambas tenían acento de Chicago, y dejaron de hablar cuando vieron que me acercaba a la barra. Saludé y me senté en un taburete, más o menos a cinco o seis metros de la señora.
Pedí un whisky que bebí en silencio hasta que la señora se me acercó para pedirme fuego. Yo no fumo. Se me quedó mirando. “¿Nos hemos visto en alguna parte?”, preguntó frunciendo el ceño. Yo estuve a punto de responderle, como si estuviera dentro de una película y no de un relato, que “salías en los sueños de un amigo mío”, pero le respondí que no, que no me parecía que nos hubiéramos visto en ninguna parte. La mujer siguió mirándome. Al rato dijo “sí... ya sé. Estabas en la fotografía de una amiga mía”. Yo sonreí, y bebí un poco de whisky. “Hablo en serio. Estabas en una fotografía, con mi amiga, los dos, frente a un circo que estuvo a las afueras de Chicago durante mucho tiempo”. “¿Cómo se llamaba tu amiga?”, pregunté acercando mi taburete un poco más: “Rebeca Pulgar Le Rumeur”. Dijo aquellas cuatro palabras y fue como si me rociara un recuerdo con líquido inflamable. Supongo que mi sorpresa tuvo la suficiente inercia como para borrar de golpe la cautela que impregnaba el espacio entre nosotros.
Entonces me contó su historia. Se había dedicado a ganar dinero en los casinos de Chicago durante los años 50. Después había trabajado como camarera en un club de jazz que regentaba la cantante Billie Holiday y que ésta había montado con dinero que ganó jugando a los dados en la parte trasera de un autobús. Más tarde fue domadora en el circo más famoso de Chicago, donde conoció a Rebeca Pulgar Le Rumeur. Después se fue a vivir a California, y de allí, por amor o por vicio, se fue a vivir a Saint Simons, donde echó raíces o algo parecido.
“De modo que fuiste compañera de Rebeca Pulgar Le Rumeur en el circo...” Ella asintió con la cabeza, bajó la mirada, y se quedó mirando su vaso. “¿Sabes que estuvo por aquí hace pocos días?”, dijo ella como disparándome. El corazón me dio un vuelco. “¿Aquí? ¿En Saint Simons?” Ella asintió. “¿Dónde?” Estaba alojada en el Bed & Breakfast que hay al final de la playa. “Hacía muchos años que no sabía nada de ella”, dije contemplando el fondo de mi vaso. “¿No sabías que se marchó a México?” No... No sabía absolutamente nada de ella desde la última vez que nos vimos en un bar de La Salle Street, en Chicago. Únicamente recuerdo que lloraba, que bebía whisky barato, y que jamás pude desalojar de mi corazón el sonido de sus tacones alejándose para siempre, perdiéndose en medio de la noche más triste de la tierra, que resultó estar en Chicago y que sonaba como la voz de Tom Waits cuando llora una de esas canciones que parecen caricias directas al corazón. “No”, le dije, “hace mucho tiempo que no sé nada de Rebeca Pulgar Le Rumeur”... Entonces hubo uno de esos silencios en los que dos personas se apresuran a llenar con palabras, o buscan con la mirada otro punto fuera del espacio que comparten. Ella optó por lo segundo, mientras yo decidí preguntarle si sabía por qué se había marchado a México. “Creo que conoció a alguien en Chicago, y que se enamoró perdidamente. Él no la quería... Se marchó de Chicago una noche de lluvia, y ella no supo aceptarlo... No sé lo que se le pasaría por la cabeza... Pero una tarde, en un ensayo, se cayó del trapecio, y se machacó los huesos del brazo. Cuando salió del hospital se perdió durante varios días. Regresó temblando, con aire de un cachorro de perro vagabundo que uno encuentra en una cuneta bajo la lluvia. Tocó la puerta de mi carromato, y me abrazó echándose a llorar. Le preparé una infusión y puse su ropa a secar sobre la estufa. No recuerdo si le pregunté por qué se había marchado o dónde había ido o por qué demonios temblaba. Ella me respondió con algo de rabia y mucho miedo, que había ido a que una quiromante le leyera las líneas de la mano, y que ésta le había dicho que el hombre del que estaba enamorada se había marchado a México. Se quedó en mi carromato dos o tres noches en las que no hizo su número con el trapecio, y una tarde, se puso a poner ropa en una maleta y se marchó a México...”

“¿Y por qué vino a Saint Simons hace unos días?”, pregunté... “Porque estaba sola...” me respondió secamente... “Ah”, dije, aunque no encontraba ningún tipo de relación entre su respuesta y mi pregunta. Ahora sí que hubo un silencio definitivo entre nosotros...
“Y si fuera ahora al Bed & Breakfast del final de la playa... ¿podría verla?” Ella me miró. “Creo que no. Dicen que se marchó de aquí hace unos días. Nadie ha vuelto a verla paseando por la playa...”
Se quedó en silencio... “Y tú y ella... ¿por qué os conocíais?”


Saint Simons, 17 de septiembre, 18:35

Yo conocí a Rebeca Pulgar Le Rumeur bastante tiempo atrás, en el circo donde era trapecista, en Chicago. Ella estaba sentada en el trapecio, a unos tres o cuatro metros del suelo de la pista, mirándose una uña que se le había roto en un ensayo, balanceándose. Yo me estaba resguardando de la lluvia. Por aquel entonces trabajaba como detective para una agencia de Chicago, y había ido al circo para tratar de resolver un caso de estafa en unas apuestas hípicas presuntamente cometido por el dueño del circo. Después de interrogarlo en el enorme carromato que había cerca de las taquillas y que él utilizaba como oficina, comenzó a llover torrencialmente. Vi un poco de luz en la carpa y corrí hacia ella.
Aquella vez me limité a mirarla, con su traje brillante de trapecista, sus rizos pelirrojos, columpiándose con cierta levedad divertida. Ella miraba ensimismada su uña, y se agarraba al trapecio con la otra mano. Su vida por aquel entonces era como agarrarse a un clavo ardiendo, como si estuviera colgando de una cornisa, o como la voz de Leonard Cohen diciendo que “las paredes de este hotel son demasiado finas, anoche escuché cómo hacías el amor”
Supe que había dejado de llover porque la carpa dejó de retumbar. Había sido como estar dentro de un dulce tambor. Rebeca Pulgar Le Rumeur y yo no intercambiamos ni una sola palabra aquella vez, y si no se intercambian las palabras mal se pueden intercambiar los labios.
Meses después volvimos a coincidir cerca del muelle del Dawntown, desde donde se pueden ver los edificios de Chicago tiñéndose de malva cuando la noche los abraza, y se vuelven mastodónticas siluetas con luciérnagas titilantes en cada minúscula ventanita.
En el muelle, a veces, se veían pasar los barcos. Rebeca Pulgar Le Rumeur se sentaba allí, y los esperaba, como si fuera una sirena y estuviera enamorada de un esquivo capitán de uno de los petroleros que transitaban con lentitud pesada las aguas negras y grasientas del puerto.
Ahí empezó todo. Yo le conté que una noche de lluvia me había resguardado bajo la carpa del circo y que ella estaba allí, sobre el trapecio, contemplando su uña rota con el mismo ensimismamiento con que yo la contemplaba a ella. Creo que sonrió, y que ahí empezó todo.
Yo sí la quería. La quería como no he querido a nadie. No es verdad lo que me dijo hace dos noches la loca de Murphy’s Tavern.
Ahora estoy en la playa de Saint Simons, y tengo frente a mí al hombre que dice haber salvado a Rebeca Pulgar Le Rumeur. Quiero decir que estoy frente al espejo de la puerta de los baños del quiosco de las banderitas, donde están apiladas las tumbonas blancas con gotitas de lluvia dispersas sobre el plástico duro. Ahora mismo son las 18:37. El hombre del otro lado del espejo me dice las únicas ciento cincuenta y una palabras que me dirá nunca; las mismas con las que empieza esta historia y su diario, que abandonó en un banco de la estación de trenes de Sandspur Road.
“Los labios de Rebeca Pulgar Le Rumeur son fríos, acartonados y azules, sobretodo si el mar ha arrojado su cuerpo a la playa, y ella está inconsciente. No hay mucha diferencia entre un beso y un boca a boca, sólo que en el segundo caso su cuerpo está de este lado, pero lo más intangible de ella está adentrándose en los confines de aquello, y que ella vuelva o se quede enredada en esos confines, depende de que mi aire llegue a sus pulmones en ese desesperado beso. Si uno está enamorado de Rebeca Pulgar Le Rumeur, tal vez la única oportunidad que tiene de besarla es que la inercia del mar traiga su cuerpo desmayado hasta la arena de una playa en cuyo horizonte se ven las siluetas de los barcos petroleros más allá de la neblina. Una oportunidad entre un millón, supongo, pero fue la única que yo tuve”.
Después se hace un silencio entre los dos, y el del otro lado del espejo se vuelve y comienza a caminar hacia el Bed & Breakfast, donde le confirmarán que, efectivamente, Rebeca Pulgar Le Rumeur, fue la última huésped del establecimiento. Mientras él va caminando hasta el final de la playa yo, que soy el narrador de esta historia, puedo permitirme escribir que me quedo mirando cómo se aleja del quiosco a través del espejo, aunque es imposible volverse, y caminar hacia el Bed & Breakfast del final de la playa, y a la vez quedarse ahí mirándote a ti mismo cómo te alejas. Sólo es posible escribirlo. Nada más.
Me imagino a ése que estaba al otro lado del espejo y que fanfarronea de haberla salvado, viendo desde la playa el cuerpo de Rebeca Pulgar Le Rumeur traído por las olas a la arena, corriendo hacia ella, besando sus labios salados, fríos y azules, como si la estuviera despojando de un sueño al darle su aire. Me lo imagino como un personaje literario, salvándola, como él me cuenta, varias noches atrás, mucho antes de que yo llegara a Saint Simons... Él haciéndole un boca a boca con sabor a mar mientras yo seguía en Nueva York, sin poder olvidarme de ella... Ahora estoy aquí, sentado en un banco de la estación de trenes de Sandspur Road, después del funeral, escribiendo la historia del hombre que decía haber salvado a Rebeca Pulgar Le Rumeur, sin haber besado nunca sus labios.
Lo que daría por ser yo el personaje literario del otro lado del espejo, y por haber besado alguna vez los labios de Rebeca Pulgar Le Rumeur, por haberla salvado antes de su visita a la gitana que le leyó la mano, antes de que se marchara a México buscándome, antes de que decidiera venir a Saint Simons y marcharse de este mundo entrando en sus aguas, como Alfonsina, como su soledad, antes de que fuera demasiado tarde, antes del punto y final de esta historia después de dosmil setecientas cincuenta y tres palabras.

Rebeca Pulgar Le Rumeur decidió abandonar para siempre Saint Simons, por eso, tanto en
El sueño de Ava Gardner como en Suave Réquiem no hay ni rastro de ella.

jueves, 22 de octubre de 2009

So what



[...] Bajo el puente, mientras llueve, una oportunidad de oro
para verme a mí mismo:
como una culebra en el Polo Norte, pero escribiendo.
Escribiendo poesía en el país de los imbéciles.
Escribiendo con mi hijo en las rodillas.
Escribiendo hasta que cae la noche
con un estruendo de los mil demonios.
Los demonios que han de llevarme al infierno,
pero escribiendo.

Roberto Bolaño

sábado, 3 de octubre de 2009

Monk



¿Cómo escribir, edificar con palabras, algo como eso que tiene Monk entre los dedos?
¿Cómo hacer para que la hoja en blanco se convierta en un espacio de sonidos a pesar de las palabras?
¿Dónde tensar el tiempo?
¿Dónde esconderlo?

martes, 29 de septiembre de 2009

Autumn Leaves



A veces sucede esto mientras escribo y llueve.
El sueño de Ava Gardner y Suave Réquiem son dos piezas de jazz que se retroalimentan, pero que algún día se bifurcarán.
Y volverán a encontrarse.
Y se bifurcarán.

martes, 8 de septiembre de 2009